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Cuando los dioses juzgaban a los muertos

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Cuando los dioses juzgaban a los muertos

Del corazón de los antiguos egipcios a la delincuencia de hoy en República Dominicana (poner en 29)

En las antiguas civilizaciones, la muerte no siempre significaba el final. Para los egipcios, por ejemplo, morir era entrar en un proceso de tránsito y juicio en el que la conducta del individuo durante su vida tenía consecuencias. El muerto debía demostrar que había vivido conforme a un determinado orden moral.

La imagen resulta sorprendentemente actual: ¿qué ocurriría si nuestra sociedad tuviera que pesar el “corazón” de cada persona después de morir y determinar si sus actos contribuyeron al bien o al daño de los demás?

La pregunta adquiere otra dimensión cuando se observa la delincuencia, la violencia y la pérdida de vidas en la República Dominicana.

El corazón frente a la balanza de la justicia

En el antiguo Egipto, uno de los conceptos centrales era Maat, asociado con la verdad, la justicia, el equilibrio y el orden. Según las creencias funerarias egipcias, después de la muerte el corazón del individuo era colocado en una balanza frente a la pluma de Maat.

Anubis participaba en el juicio y Thot registraba el resultado. Osiris, dios asociado con el más allá, presidía el tribunal. Si el corazón demostraba que la persona había vivido de acuerdo con el orden moral, podía continuar hacia una existencia favorable. Si no superaba la prueba, aparecía Ammit, una criatura asociada con la destrucción del individuo y la pérdida de la posibilidad de una vida posterior.

No se trataba simplemente de saber si alguien había sido rico o poderoso. La balanza representaba una idea mucho más profunda: las acciones de una persona tenían consecuencias y la muerte no borraba automáticamente su responsabilidad moral.

El Museo Británico explica que Maat representaba precisamente verdad, justicia y equilibrio, y que el juicio del muerto estaba relacionado con la posibilidad de entrar al más allá. (British Museum)

Los antiguos no tenían un código penal moderno, pero sí tenían una idea de responsabilidad

Sería un error trasladar literalmente la mitología egipcia al presente. Las sociedades antiguas eran diferentes y sus sistemas religiosos, políticos y jurídicos tampoco pueden compararse directamente con los Estados contemporáneos.

Pero existe una idea que continúa siendo relevante: una sociedad necesita establecer una diferencia entre quien protege la vida y quien deliberadamente la destruye.

Hoy no hablamos de Anubis ni de Osiris. Hablamos de policías, fiscales, jueces, cárceles, leyes, derechos fundamentales y políticas de prevención.

La gran diferencia es que la justicia moderna no debería esperar hasta después de la muerte.

Debe actuar antes de que la violencia ocurra, cuando ocurre y después de que ocurre.

República Dominicana: el problema no desaparece porque mejoren algunos indicadores

La discusión sobre delincuencia en República Dominicana necesita también de datos.

El país cerró 2025 con 951 homicidios intencionales, según las cifras consolidadas por el Centro de Análisis de Datos de la Seguridad Ciudadana (CADSECI) y su Unidad Técnica Operativa. La tasa definitiva fue de 8.7 homicidios por cada 100,000 habitantes, después de una revisión y validación de los registros. (MIP)

Para 2026, los reportes oficiales han continuado mostrando una reducción. Al 10 de julio de 2026, la Fuerza de Tarea Conjunta reportó una tasa acumulada de 7.00 homicidios por cada 100,000 habitantes. (Policía Nacional)

Estos números son importantes porque permiten evitar dos extremos: decir que República Dominicana vive una catástrofe permanente o afirmar que el problema de la delincuencia está resuelto.

Una reducción de los homicidios es un dato positivo de seguridad pública; no significa que hayan desaparecido los robos, asaltos, violencia interpersonal, violencia de género, conflictos barriales u otras formas de criminalidad.

La propia Oficina Nacional de Estadística mantiene series diferenciadas sobre homicidios, personas heridas en actos de violencia, armas utilizadas y otras variables relacionadas con la seguridad pública. (One)

¿Quién pasaría hoy la balanza?

Aquí aparece la extrapolación más interesante.

Imaginemos por un momento que la antigua balanza egipcia reapareciera en la República Dominicana.

No preguntaría cuánto dinero tiene una persona.

No preguntaría cuántos seguidores posee en las redes sociales.

No preguntaría qué vehículo conduce.

No preguntaría si pertenece a una familia importante.

Preguntaría algo mucho más incómodo:

¿Qué hiciste con la vida de los demás?

El delincuente que asalta a una persona para quitarle un teléfono probablemente no pensará en términos filosóficos. Para él puede tratarse simplemente de obtener un beneficio.

Pero para la víctima el hecho puede significar miedo, pérdida económica, trauma y una modificación profunda de su percepción del espacio público.

Cuando alguien utiliza un arma para robar, la sociedad no enfrenta únicamente una pérdida material. También enfrenta una amenaza contra la confianza colectiva.

Y cuando una persona muere durante un hecho delictivo, la pérdida ya no puede medirse en dinero.

La delincuencia también destruye algo invisible

Una sociedad segura no es simplemente aquella donde existen menos homicidios.

También es aquella donde una persona puede caminar, trabajar, estudiar, utilizar transporte público o regresar a su casa sin vivir permanentemente bajo la sensación de amenaza.

La inseguridad tiene una dimensión psicológica y social.

Una comunidad puede experimentar una reducción estadística de los homicidios y, al mismo tiempo, mantener problemas importantes de percepción de inseguridad o delitos que afectan la vida cotidiana.

Por eso las estadísticas deben complementarse con investigación criminal, prevención, justicia efectiva, recuperación de espacios públicos, educación y oportunidades económicas.

La antigua balanza y la justicia moderna

Aquí la metáfora egipcia adquiere fuerza.

En la antigüedad, el corazón simbolizaba algo que hoy llamaríamos responsabilidad moral.

En el Estado moderno, esa responsabilidad debe traducirse en instituciones.

El delincuente debe responder ante la ley.

La víctima debe recibir protección y justicia.

El policía debe actuar dentro de la ley.

El fiscal debe investigar.

El juez debe decidir conforme a las pruebas y al derecho.

Y el Estado debe trabajar para reducir las condiciones que favorecen la violencia.

La justicia no puede convertirse en venganza.

Pero tampoco puede confundirse con indiferencia.

¿Y qué ocurre cuando la sociedad normaliza al delincuente?

Este es quizás uno de los puntos más delicados.

Una sociedad comienza a deteriorarse cuando determinados comportamientos violentos dejan de provocar rechazo moral y pasan a considerarse normales.

Cuando se escucha decir:

«Eso siempre ha sido así.»

«Aquí todo el mundo resuelve como puede.»

«Si tiene dinero, puede salir.»

«La justicia no sirve.»

«El que no se defiende, pierde.»

Cada una de esas frases, cuando se convierte en una convicción colectiva, debilita el principio de convivencia.

Porque una sociedad no se sostiene solamente mediante policías y cárceles.

También necesita límites morales compartidos.

Los antiguos egipcios expresaron esa necesidad mediante Maat. Las sociedades modernas la expresan mediante Constitución, leyes, instituciones, derechos y deberes ciudadanos.

El lenguaje cambió.

La necesidad de establecer límites al comportamiento humano permanece.

No todos los muertos eran iguales en la imaginación egipcia

La idea de un juicio después de la muerte también introducía una distinción fundamental: no bastaba con estar muerto para alcanzar automáticamente una condición favorable.

Había que superar una prueba.

El Museo Británico conserva papiros donde se representa precisamente esa escena: el difunto frente a la balanza, los dioses observando, Thot registrando el resultado y Ammit esperando en caso de fracaso.

La enseñanza simbólica es poderosa:

la muerte podía igualar físicamente a las personas, pero no necesariamente borraba la diferencia entre sus actos.

Un individuo que dedicó su vida a proteger a otros y otro que hizo daño deliberadamente podían terminar ambos bajo tierra, pero la mitología egipcia imaginaba consecuencias diferentes para cada uno.

¿Qué debería pesar nuestra balanza dominicana?

Quizás nuestra sociedad necesita construir una balanza simbólica diferente.

En un lado podríamos colocar:

  • La vida humana.
  • El respeto a los demás.
  • La honestidad.
  • La responsabilidad.
  • La solidaridad.
  • El respeto a la ley.
  • La protección de los niños y jóvenes.
  • El derecho de las víctimas a la justicia.

En el otro:

  • La violencia.
  • El robo.
  • La corrupción.
  • La impunidad.
  • El abuso de poder.
  • La normalización de las armas.
  • La indiferencia ante la víctima.
  • La utilización de jóvenes por estructuras criminales.

El propósito no sería convertir la sociedad en un tribunal permanente.

Sería recordar que cada decisión individual tiene consecuencias colectivas.

El verdadero juicio no debería esperar a la muerte

La gran diferencia entre el antiguo Egipto y la República Dominicana contemporánea es que nosotros no necesitamos esperar a que una persona muera para hablar de justicia.

Tenemos la posibilidad de actuar mientras está viva.

Podemos prevenir que un joven ingrese a una estructura criminal.

Podemos intervenir en barrios donde determinados factores sociales favorecen la violencia.

Podemos mejorar la investigación de los delitos.

Podemos fortalecer la Policía y el Ministerio Público dentro del respeto a los derechos humanos.

Podemos garantizar que las víctimas tengan acceso a justicia.

Y podemos exigir que quien cometa un delito responda ante los tribunales mediante un debido proceso.

Los antiguos egipcios imaginaban a Anubis colocando el corazón en una balanza.

Nuestra sociedad tiene otras herramientas.

La pregunta es si estamos utilizándolas antes de que sea demasiado tarde.

Una última pregunta para la República Dominicana

Tal vez la antigua historia de Osiris, Anubis, Maat y Ammit no tenga que interpretarse literalmente para conservar vigencia.

Puede leerse como una metáfora sobre la responsabilidad.

Cada sociedad construye su propia balanza.

La de los antiguos egipcios pesaba corazones.

La nuestra debería pesar conductas, consecuencias y responsabilidades mediante la ley.

Y hay una pregunta que permanece vigente:

Si nuestra sociedad tuviera que pesar hoy el corazón de quienes hacen daño y el de quienes dedican su vida a proteger a los demás, ¿qué valores estaríamos premiando y cuáles estaríamos tolerando?

Quizás ese sea el verdadero desafío dominicano frente a la delincuencia: no solamente reducir las estadísticas de criminalidad, sino construir una cultura donde la vida, la dignidad y la convivencia tengan un valor superior al dinero obtenido mediante la violencia.

Y, a diferencia de los antiguos dioses, nosotros tenemos una ventaja: podemos cambiar el resultado de la balanza antes de que llegue la muerte.

Cuando los dioses juzgaban a los muertos